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Bonnín se había iniciado desde muy temprana edad en los secretos de la pintura al agua.
Al aprendizaje junto a Ubaldo Bordanova, hemos de sumar los valiosos consejos que le ofreció Felipe Verdugo y la admiración sincera del joven artista por las obras de González Méndez.

Ya durante su formación en la Academia Militar de Segovia (1897-1907) mostró una clara preferencia por dicho procedimiento pictórico. Su estancia en el Puerto de la Cruz, en 1912, contribuiría a fijar su estilo, esa estética bonniniana inconfundible que todavía sigue viva entre sus imitadores.

La luminosidad del sol, las tupidas enredaderas y los rincones floridos inmortalizados en sus apuntes de viajes por los pintores británicos, que entonces nos visitaban, se convirtieron, en manos de Bonnín, en emblemas de esta tierra atlántica, que él quiso elevar hasta llegar a convertirlos en signos de la identidad regional.

Desde una primera etapa que podríamos llamar nominalista, en función de la menuda y pulcra pincelada, hasta la fecunda madurez de amplias superficies coloreadas con soltura, podemos asegurar que su fidelidad al tema de la isla fue absoluta. Pueblos, gentes, costas y cumbres estuvieron siempre presentes en su quehacer, incluso durante aquel breve episodio expresionista nacido del contacto con el artista alemán Bruno Brandt, allá por los años treinta.

Destinado como Comandante a Gerona, Bonnín llamó poderosamente la atención por la brillantez de su paleta y la jugosidad de su técnica, siendo admitido al momento en la Agrupación de Acuarelistas de Cataluña.

Tras la corta ausencia del Archipiélago y entusiasmado por el ambiente artístico conocido en el exterior, Francisco Bonnín regresaba a Tenerife lleno de proyectos. La puesta en marcha del Círculo de Bellas Artes absorbió todos sus esfuerzos entre 1925 y 1935. Tendencias tradicionales, ecos del arte nuevo y la más rabiosa expresión de la vagabundería parisina, desfilaron por su sala de exposiciones.

En la década siguiente vería la luz la Agrupación de Acuarelistas Canarios, creada a imagen y semejanza de la asociación catalana. Fue, sin duda, la continua correspondencia de Bonnín con otras agrupaciones acuarelísticas del país, en auge  tras la devastadora contienda civil, la que contribuyó a mantener el pulso de las actividades (celebración de muestras anuales y asistencia puntual a los Salones Nacionales).

Bonnín se presentaba ante el público como el venerable patriarca de la acuarela canaria, respaldado, no sólo por el éxito de sus exposiciones individuales en Gerona, Barcelona, Valencia o la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, sino también por el prestigio de sus premios nacionales obtenidos en diversos certámenes.



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