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La personal concepción del paisaje, repleto de reflejos, de ambientes húmedos, de toda una gama de tonalidades grises, hace que la indiscutible valía técnica y artística de Antonio González Suárez, supusiera en su momento, una firme propuesta innovadora, despertando grandes y mayoritarios elogios junto a no pocos recelos y aguzadas críticas, por lo que significaba de rompimiento, de confrontación con los esquemas establecidos de un mayor cromatismo, luminosidad y vivacidad en el paisaje.

La sobria y sencilla personalidad de Antonio González Suárez, el maestro de la sencillez, de la soledad y la cachimba como cariñosamente se le ha definido, encarnó un auténtico valor dentro del panorama artístico canario, en el que colocó la técnica acuarelística en las más altas costas de calidad. La Galería de Artistas Canarios del presente año quiere acercarnos, en torno a la Festividad de nuestro Patrono San Marcos, en el corazón mismo de la celebración de los 5 Siglos de Historia de nuestra ciudad, la incomparable figura de este insigne artista y rendirle insincero y justo homenaje, por su fundamental aportación a las artes canarias y su dilatada y honesta labor docente en la Escuela de Bellas Artes de nuestra capital.

La sensibilidad artística de González Suárez comenzó a fraguar muy tempranamente. Transcurrida su infancia y juventud entre La Laguna -ciudad habitual de residencia- y El Paso, lugar en el que había visto la luz un 27 de abril de 1915 y al que solía acudir durante las vacaciones, González Suárez se sintió seducido, ya desde la adolescencia, por los excepcionales parajes naturales que lo rodeaban. Los caminos de Aguere, los paisajes de El Riachuelo y el centenario Pino de la Virgen se convirtieron en protagonistas de sus primeros cartones de pequeño formato.

Movilizado durante la Guerra Civil, el drama bélico no consiguió disminuir interés por aquellos horizontes geográficos que, bañados de nuevas luces, se abrían ante él. Pintó y fotografió concienzudamente los pueblos castellanos, aragoneses y catalanes que tuvo la oportunidad de recorrer, al tiempo que anotaba en pequeño cuaderno cuanto llamaba su atención. Fueron precisamente las acuarelas pintadas en el frente las que formaron parte de su primera exposición individual, celebrada en el Círculo de Bellas Artes en diciembre de 1938.

De regreso a las islas, González Suárez trajo ya consigo una resuelta vocación pictórica. Trabajó en ella sin descanso, se integró en las actividades del Círculo de Bellas Artes y fue miembro fundador de la Agrupación de Acuarelistas Tinerfeños, que más tarde trascendería al ámbito regional. Pero sus obras habían empezado ya anunciar una inquietante mutación.

Fue justo en aquellos primeros años de la dictadura, mientras las autoridades del régimen valoraban y potenciaban una imagen optimista del terruño que retratase por sí misma el risueño panorama español, cuando la obra de González Suárez vino a conmocionar el ambiente artístico de las islas.

Seguía acudiendo al paisaje insular como fuente de inspiración, pero parecía querer mostrarnos su aspecto más desconocido. Resolvía sus óleos a espátula con desparpajo, graduaba los tonos apagando las luces y en cuanto a la acuarela, su técnica favorita, se alejaba provocadoramente de la estampa florida y multicolor. Aquella acuarela de

González Suárez amenazaba con ir más allá del gris y casi se volvía negra; pero la solidez de sus conceptos plásticos la hacían irrebatible y comenzaba a tener seguidores entre los más jóvenes cultivadores del género. Nuestro pintor tuvo la suerte de poder contaren esos momentos decisivos para su afirmación con el apoyo y el consejo de Mariano de Cossío, de quien siempre se consideró discípulo y con quien colaboró, por esas fechas, en los murales de la iglesia lagunera de Santo Domingo. Y fue precisamente el artista castellano quien lo animó a cursar estudios en la Escuela de Bellas Artes, recién implantada en la capital tinerfeña.




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